¿Estamos en guerra?

Eso es lo que parece escuchando los discursos de los dirigentes del mundo occidental. “El enemigo” “nuestros guerreros” “La guerra será larga, pero venceremos” “Los luchadores” “La vanguardia de nuestra sociedad en la lucha”

No sé de dónde ha salido ese símil, si ha ido naciendo poco a poco y luego todos lo hemos adoptado sin pensar. Si se ha acuñado a propósito por asesores políticos. Sinceramente, me da igual.

NO estamos en guerra, ni nada que se le parezca. La guerra es otra cosa, algo que la mayoría no hemos experimentado en nuestras carnes, pero algo que sigue existiendo a día de hoy en demasiados países. Hablar de que estamos en guerra desde la calidez de nuestras casas, por mucho que el virus se esté llevando una buena cantidad de vidas, es de risa.

Díselo a los sirios que están hacinados como despojos entre Turquía y Grecia. Díselo a los sudaneses del sur, a los palestinos. Háblales de guerra en Yemen o en Afganistán, en Libia o Irak.

Si a mucha gente le parece obsceno comparar al coronavirus con la gripe, debería también usarse la jerga bélica con mucho más respeto.

Todavía es pronto para saber cómo quedarán los países más afectados por el virus en términos sociales y económicos, pero desde luego nada que ver con la estampa que deja la guerra, la de verdad, en los países que la sufren.

Pierde 10 minutos y busca en Google fotos de Damasco antes y después de la guerra. Tal vez así dejarás de hablar en términos belicistas de esta pandemia. Busca artículos de corresponsales de guerra en la ex Yugoslavia, en Ruanda, en Yemen, en Somalia… Lee sobre los Jemeres Rojos, los exterminios militares de Guatemala o el genocidio armenio. Lee sobre la guerra civil española, que te queda más cerca.

Estamos en nuestras casas, con calefacción, con electricidad, con internet, con agua corriente. Lo más estridente que oímos durante el día (aparte de las locuciones de los políticos) son las sirenas de coches patrulla y ambulancias en sus pasacalles. Si realmente estuviésemos en guerra oiríamos las sirenas antiaéreas, el estallar de bombas, el atronado silencio de la expectación.

Podemos ir a comprar sin el miedo a los silbidos de los morteros, podemos tirar la basura que alguien pasará a recogerla. De camino vemos negocios cerrados, no fachadas acribilladas de balas. Vemos coches patrulla, no carros militares con las armas a punto. Pisamos manchas de aceite en las calles, no de sangre.

Sé que para muchos esto es lo más grave que ha ocurrido en nuestras vidas, en términos de una situación que afecte a todo nuestro país. Pero con los ríos de banalidad que hemos derramado sobre las guerras ajenas, las pandemias ajenas, las masacres ajenas… ¿cómo tenemos la cara de decir que ahora nosotros estamos en guerra?

Con la cantidad de veces que hemos girado la cara en lo que se refiere a la inmigración ilegal, el egoísmo de decir (o pensar en silencio, mucho peor) que no son problema nuestro, pese a que huyan de guerras de verdad, de masacres de verdad… hay que tenerlos cuadrados para decir que estamos en guerra y quedarnos tan panchos.

La forma en que nos entristecemos cada día por las muertes por Covid es una puñalada a la solidaridad que hemos mostrado contra los que SI están en guerra. Ojalá leyésemos más, consumiéramos más cultura comprometida, nos informáramos más por las cosas que ocurren fuera de nuestra burbuja. Tal vez así tendríamos la decencia de no hablar de guerra contra el coronavirus

Usa 30min de tu confinamiento en ver el siguiente documental y reflexiona sobre la guerra

Damasco, el silencio de la guerra

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